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El hombre es omnívoro, y ello le permite escoger sus alimentos de un amplio abanico de posibilidades pero poco podrían llegar a imaginar nuestros paleolíticos amigos que en la actualidad nuestro sistema digestivo tuviera que enfrentarse con el refinamiento y la manipulación de la mayoría de los productos alimenticios que llegan a nuestra mesa.

Para ellos la caza y la recolección eran la principal fuente de aprovisionamiento y de ambos métodos surgían los nutrientes que su organismo necesitaba para subsistir.

La carne roja que provenía de animales salvajes con músculos firmes y desarrollados, con un escaso nivel de grasa y la mayoría de ella insaturada, era su principal aporte proteínico y una excelente fuente de ácidos grasos esenciales.

Los glúcidos los obtenían de frutos y vegetales silvestres que recogían de su entorno más próximo, apenas consumían cereales o legumbres, y por descontado que desconocían las propiedades de la leche y la elaboración de productos derivados de la misma.

Al margen de todos esos inconvenientes... o ventajas, el hombre de las cavernas no padecía deficiencia alguna de calcio; su consumo de fibra alimentaria se situaba muy por encima de los niveles actuales; no tenía exceso de colesterol, a pesar de que ingería mucha más carne que nosotros, tal vez unas cuatro veces más; y no padecía obesidad, ni diabetes, ni arteriosclerosis, ni nada que se le parezca.

De hecho, con los datos que manejamos podemos afirmar que su alimentación era básicamente hiperproteica, moderadamente alta en grasas, y que los hidratos fibrosos eran su única fuente de energía inmediata.

Salvando los lógicos matices que sobrevienen después de más de medio millón de años de evolución, este tipo de dieta se me antoja como muy parecida al menú culturista típico, sobre todo en los períodos de precompetición.

¿Quiere eso decir que nuestros teóricos patrones dietéticos son demasiado arcaicos?

Creo que no, todas las especies sufren procesos de adaptación y perfeccionamiento que se van consolidando con la selección genética, durante generaciones y generaciones. Pero el hombre ha pasado la mayor parte de su historia sobreviviendo como cazador, más de un 90% de su existencia.

Si echamos la vista atrás, y contando con los más de quinientos mil años de historia de la humanidad, nos daremos cuenta de que la agricultura empezó hace cuatro días, y que la alimentación industrial es cosa de anteayer.

¿Qué decir entonces de los alimentos transgénicos?

Esta claro que convivimos con los patrones genéticos que hemos here dado de los primeros pobladores de la Tierra, y que nuestro organismo no ha podido adaptarse todavía a las bruscas transformaciones a que venimos sometiéndolo desde hace un siglo.

Otro factor que ha influido de forma decisiva en la degeneración de la especie es el sedentarismo. No hace mucho tiempo aún los hábitos del hombre civilizado eran más activos que los de nuestros días, la revolución industrial y tecnológica nos está sumiendo en un circulo cerrado del que sólo podemos huir a través del ejercicio físico regular y voluntario.

Aunque nuestros abuelos no tuvieran las mismas oportunidades de las que gozamos en la actualidad para incentivar la mejora de la condición atlética, su ritmo de vida era mucho más dinámico. La escasez de actividad física es desde luego, algo bastante más reciente.

About Daniel Torres

Amante del deporte y del fisicoculturismo, entrenador y profesor de culturismo.
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