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Tomás Abeigón, el pontevedrés que reivindica el culturismo como el mejor deporte para formar personas sanas y fuertes

Después de más de medio siglo de dedicación a este deporte, donde ha sido: atleta, entrenador, director de gimnasio, juez internacional, pre...

Después de más de medio siglo de dedicación a este deporte, donde ha sido: atleta, entrenador, director de gimnasio, juez internacional, presidente nacional, investigador, articulista, coleccionista e historiador, sigue considerando que en una sociedad acostumbrada a la inmediatez el verdadero valor de esta disciplina reside en la capacidad para formar el carácter, fomentar la paciencia y desarrollar hábitos de esfuerzo sostenido. Su trayectoria representa un ejemplo de perseverancia, pues más allá de los títulos, sostiene que el mayor logro consiste en acumular experiencias, conocimientos e historias que permanezcan cuando termina la competición.

Su historia demuestra la defensa de un deporte en su día denostado y hoy por hoy merecidamente muy valorado, donde la fuerza no solo se mide en kilos levantados, sino también en la capacidad de mantenerse fiel a una pasión durante toda una vida.

Por Jesús Solla.

9.Julio.2026

Hay personas que levantan pesas para ganar una competición. Otras lo hacen para mejorar su aspecto físico. Tomás Abeigón lleva más de medio siglo haciéndolo por una razón mucho más difícil de explicar: porque encontró en el deporte del hierro una forma de comprender el mundo.

Cuando habla de entrenamiento, rara vez empieza por los músculos. Prefiere hablar de voluntad, de disciplina, de curiosidad, del tiempo pasado. Las palabras aparecen despacio, como si las hubiera repetido durante años sin perder nunca su significado. A su alrededor hay barras olímpicas, discos de hierro y bancos de musculación. Para cualquiera serían simples herramientas. Para él son parte de un paisaje que lo acompaña desde la infancia.

Abeigón no transmite la imagen del campeón obsesionado con los trofeos. Su conversación salta con naturalidad de la fisiología del esfuerzo a la historia del deporte, de una anécdota ocurrida en un campeonato internacional a una reflexión sobre la paciencia. En pocos minutos queda claro que el culturismo ha sido solo el vehículo. Lo verdaderamente importante siempre ha sido el viaje.

«Hay convicciones que explican una vida mejor que cualquier currículo». La frase resume mejor que cualquier palmarés quién es este pontevedrés que ha sido Campeón de España de Fisicoculturismo Natural, que es el Presidente de la federación NABBA España, licenciado en INEF por la Universidad de Vigo, juez internacional, entrenador nacional de tres deportes de fuerza, divulgador e investigador de la historia del culturismo. Porque reducir su trayectoria a una colección de títulos sería quedarse en la superficie. 

Una infancia entre hierro y curiosidad:

Hay deportistas que recuerdan el instante exacto en que descubrieron su vocación. Tomás Abeigón no puede hacerlo. En su memoria no existe un principio porque las pesas siempre estuvieron allí.

Creció en Pontevedra rodeado de las instalaciones deportivas existentes en aquel momento: el Pabellón Municipal de Deportes y el Estadio de la Juventud, en una época en la que los gimnasios de musculación no existían y en las ciudades, donde los había, poco tenían que ver con los espacios luminosos y repletos de máquinas que hoy forman parte del entorno urbano. Mientras otros niños encontraban diversión en un balón o una bicicleta, él se entretenía con la cama elástica, las colchonetas, las barras, las poleas y las mancuernas con una ilusión difícil de explicar. 

Aquellos primeros levantamientos en forma de juego se fueron convirtiendo poco a poco en desafíos. Uno de ellos quedó grabado para siempre. Siendo apenas un niño decidió intentar levantar una barra olímpica cargada con unos discos de hierro que encontró sobre un banco de press en el Pabellón. Con ayuda de dos amigos consiguió colocarla sobre sus brazos. Al intentar levantarla,  la barra de pesas se le clavó en el pecho dejándole una gran marca, pero la huella invisible debió ser mucho más honda, tanto, que ya nunca pudo, ni quiso, renunciar a aquel deporte, que aprendió como un juego, gracias también, a la afición que le inculcara el genio protector de su alegre infancia, su abuelo

Valentín, un destacado empresario y un visionario, que en su día mandó construir dos pesas cuadradas de madera y que había adquirido el libro “Régimen y Ejercicio” de Marcel Rouet que él mismo utilizaba y seguía para ejercitarse con ellas, pesas que acabaron despertando en su nieto una fascinación que marcaría toda una vida y que aún conserva como el gran tesoro de su niñez.

Aprender antes que ganar:

En la historia del deporte abundan quienes poseen condiciones extraordinarias. Son menos frecuentes quienes convierten la curiosidad en una forma de entrenamiento. Abeigón pertenece a ambos grupos.

Mientras desarrollaba su físico, acumulaba también conocimientos. Muy pronto comprendió que la fuerza no podía depender únicamente de la intuición. Quería saber por qué el cuerpo respondía de una determinada manera, qué mecanismos explicaban el crecimiento muscular, cómo influían la alimentación, el descanso o la planificación del entrenamiento. Por eso comenzó a estudiar todo lo relacionado con el levantamiento de pesas, cuando en España apenas existía literatura especializada y el “hacer pesas” era algo que seguía rodeado de mitos. Con tan solo 18 años obtuvo la titulación federativa de Entrenador Nacional de Fisicoculturismo y Musculación, y posteriormente la de Entrenador Nacional de Halterofilia y también la de Fuerza Aplicada, ampliando su formación con un Máster en Musculación Deportiva que expedía la Federación Española de Halterofilia, convirtiendo la lectura científica en una rutina tan importante como cualquier sesión de gimnasio.

Su manera de entender el deporte empezó entonces a diferenciarse de la de muchos compañeros. Mientras otros perseguían únicamente resultados, él perseguía respuestas.

Quizá por eso, cuando habla de entrenamiento, rara vez ofrece recetas rápidas. Desconfía de las fórmulas milagrosas. Cree que el verdadero progreso exige tiempo, observación y una voluntad capaz de resistir la impaciencia. 

El campeón que quiso demostrar que existía otro camino:

En 1996 decidió ponerse a prueba. Después de años entrenando lejos de los focos, Tomás Abeigón participó en el “I Campeonato de España de Fisicoculturismo Natural”, celebrado en Valencia. No era solo una competición. Era la oportunidad de demostrar que era posible alcanzar un alto nivel sin recurrir a sustancias prohibidas, únicamente a través del entrenamiento, la alimentación y una disciplina fuera de lo común. Ganó.

Aquel título marcó un antes y un después en su trayectoria, pero no por la medalla. Lo importante era el mensaje que encerraba aquella victoria en un deporte que empezaba a convivir con una imagen cada vez más asociada al dopaje, ese triunfo reforzaba la idea de que todavía existía otra manera de entender el culturismo, y esa convicción no ha cambiado con el paso de los años.

Abeigón habla del culturismo natural con la serenidad de quien no necesita convencer a nadie. Explica que el verdadero rival nunca ha sido el competidor que posa al lado sobre el escenario, sino uno mismo. La mejora, insiste, no se mide únicamente en centímetros de brazo o en porcentaje de grasa corporal. Se mide en la capacidad para mantener una rutina durante años, incluso cuando nadie observa el esfuerzo. «Lo verdaderamente difícil empieza cuando termina el entrenamiento», solía decir. Y entonces explica por qué: “Un culturista no deja de ser culturista cuando abandona el gimnasio. Cada comida, cada hora de sueño, cada decisión cotidiana forma parte del entrenamiento. La competición dura unos minutos. La preparación ocupa todo el año”. Esa diferencia, cree, es la que muchas personas nunca llegan a comprender. 

El hombre que luchó contra los prejuicios:

Cuando Tomás Abeigón empezó a levantar pesas, hacerlo era casi una  extravagancia, pues se repetían ideas que hoy parecen inverosímiles. Que el entrenamiento de fuerza detenía el crecimiento. Que los músculos terminaban  convirtiéndose en grasa al dejar de entrenar. Que levantar peso hacía perder movilidad. Que era una actividad perjudicial para la salud.

Con el tiempo, la ciencia fue desmontando una a una aquellas creencias. Hoy ningún especialista discute la importancia del “entrenamiento de fuerza” para prevenir la pérdida de masa muscular, mejorar la calidad de vida durante el envejecimiento o reducir el riesgo de numerosas enfermedades asociadas al sedentarismo.

Abeigón contempla esa transformación con satisfacción, aunque evita cualquier tono triunfalista. «No se trata de que nosotros tuviéramos razón. Se trata de que la investigación ha confirmado aquello que muchos pesistas intuíamos desde hace décadas».

Sin embargo, considera que el culturismo sigue cargando con un problema mucho más difícil de resolver: el dopaje.

Lejos de esquivar el asunto, lo aborda con naturalidad. Reconoce que el abuso de sustancias ha deteriorado profundamente la imagen pública de este deporte y ha contribuido a alejarlo del reconocimiento institucional que llegó a tener a finales del siglo XX donde por ejemplo el Consejo Superior de Deportes reconoció al fisicoculturismo como modalidad deportiva. Por eso, insiste en reivindicar una idea que atraviesa toda su trayectoria: el culturismo nació para celebrar las posibilidades del cuerpo humano, no las de la química. 

Presidir para proteger una idea:

Cuando en 2001 asumió la presidencia de la federación NABBA España, Tomás Abeigón ya conocía el culturismo desde casi todos los ángulos posibles: había entrenado, había competido, había juzgado campeonatos internacionales, había organizado eventos, y aun así, aquella responsabilidad suponía un reto distinto.

Su labor dejaba de consistir únicamente en mejorar como deportista para pasar a cuidar el futuro de toda una disciplina. Quienes lo conocen destacan que entiende la presidencia más como un servicio que como un cargo, dado que le preocupa que en la actualidad el culturismo de competición haya perdido parte del prestigio del que disfrutó décadas atrás, cuando los grandes campeonatos llenaban teatros y figuras como Steve Reeves, Reg Park, Juan Ferrero, Bill Pearl o el propio Arnold Schwaezenegger trascendían el ámbito deportivo para convertirse en iconos populares.

Paradójicamente, observa cómo el entrenamiento con pesas nunca ha estado tan extendido entre la población como sucede hoy en día, mientras como ya dijimos, el culturismo competitivo ocupa un espacio cada vez más reducido en la conversación pública.

Está convencido de que recuperar la confianza pasa por devolver protagonismo a los valores que hicieron grande este deporte: el esfuerzo, la honestidad y el respeto por el entrenamiento bien entendido.

El investigador que encontró otra competición:

Hay otra faceta de Tomás Abeigón que apenas conocen quienes solo han seguido su dilatada carrera deportiva: investiga con la paciencia de un arqueólogo de la memoria deportiva.

Mientras muchos deportistas conservan trofeos en vitrinas, él acumula revistas y libros antiguos, colecciones enteras de fotografías, programas de competiciones, aparatos de desarrollo muscular de siglos pasados, documentos olvidados y testimonios de atletas que parecían condenados al olvido. A ese patrimonio documental y material se suma otro mucho más difícil de reunir: décadas de conversaciones e intercambio de conocimientos sobre entrenamiento, historia y evolución de este deporte con casi todos los ganadores del histórico “Mr. Universo”, ese certamen que durante décadas consagró a los mejores culturistas del planeta y convirtió a sus vencedores en referentes de esta disciplina que hace del cuerpo una obra de arte.

Prueba de todo ello, es que durante años ha reconstruido episodios prácticamente desconocidos de la historia del culturismo español, pues ha investigado la trayectoria y escrito la biografía de Juan Ferrero, primer “Mr. Universo Profesional” de la historia de la NABBA en 1952 y una de las grandes figuras del deporte español. Ha recuperado la memoria de pioneros que compitieron fuera de España cuando casi nadie recuerda sus nombres, tal es el caso de Secundino de Acha que en 1903 participó en el Madison Square Garden de Nueva York en la competición de “El Hombre Más Perfectamente Desarrollado en el Mundo” organizada por Bernard MacFadden. Ha dado a conocer la afición del premio Nobel de Medicina Santiago Ramón y Cajal por el culturismo, demostrando que la curiosidad intelectual también puede encontrar espacio entre barras y mancuernas. Incluso ha explorado y destapado la frustrada relación sentimental de la icónica gallega La Bella Otero con celebérrimo forzudo Eugen Sandow; además de divulgar y homenajear al que el que fuera el creador en 1840 de la cultura física mundial, el francés Hipólito Triat que descubrió su vocación gimnástica y recibió su formación académica en un colegio de los Padres Jesuitas en Burgos. Y finalmente, ha dejado atónitos a sus lectores con su última investigación, en la que publicó como su paisano, el pontevedrés José Diéguez gracias a su magnífica musculatura y portentosa fuerza física embarcó como polizón en el Titanic, aunque durante la travesía trabajó como un miembro más de la tripulación, sobreviviendo al hundimiento del mismo en 1912.

Quienes lo escuchan hablar descubren enseguida que posee una memoria prodigiosa para las fechas, los nombres y las anécdotas. Pero detrás de esa erudición no sólo existe su afán de coleccionista, sino un ingente trabajo de miles de hora de búsqueda, pues como él afirma: “No se puede entender un deporte si se desconoce su historia”.

Para Tomás, investigar también forma parte de entrenar, “porque entrenar el cuerpo nunca ha significado dejar de entrenar la mente” afirma. 

Las historias pesan más que el hierro:

Hay una frase que Tomás Abeigón repite de vez en cuando y que, probablemente, explica mejor sus inquietudes: “Siempre me han fascinado las personas con historias. Eso es lo que he perseguido a lo largo de mi vida: tener historias que contar y no cosas que mostrar”.

La reflexión resulta casi paradójica en un deporte donde la imagen ocupa un lugar central.

Mientras el culturismo suele asociarse con cuerpos esculpidos y escenarios iluminados, Abeigón desplaza la conversación hacia otro lugar. Habla de los viajes que el deporte le permitió realizar. De las amistades nacidas en campeonatos celebrados a miles de kilómetros de casa. De las conversaciones mantenidas con jueces, entrenadores y atletas de distintas nacionalidades y generaciones. De las horas compartidas con personas que dedicaron su vida a intentar comprender hasta dónde puede llegar el cuerpo humano.

Quizá esa sea la razón por la que resulta tan fácil escucharlo durante horas. Cada respuesta conduce a otra historia. Cada historia desemboca en una reflexión. Y cada reflexión termina alejándose del culturismo para hablar, en realidad, de la condición humana. 

El músculo que no se ve:

Después de tantos años, Tomás Abeigón sigue convencido de que el culturismo nunca trató únicamente de desarrollar músculo. El verdadero entrenamiento sucede en un lugar mucho menos visible: en la voluntad.

Esa palabra aparece constantemente durante la conversación. Voluntad para acudir al gimnasio cuando no apetece entrenar, para repetir durante años gestos que apenas producen resultados inmediatos, o para aceptar que el progreso nunca llega con la rapidez que uno desea.

En una sociedad acostumbrada a la recompensa instantánea, el culturismo obliga a convivir con la lentitud. “En este deporte no existen atajos. No hay transformaciones espectaculares en unas pocas semanas. El cuerpo avanza casi siempre de manera silenciosa, imperceptible, como si necesitara enseñar una lección antes de conceder una recompensa”. Así expresa Abeigón que esta enseñanza sirve para cualquier profesión. Da igual que alguien aspire a ser abogado, médico, arquitecto o músico. La excelencia, sostiene, continúa dependiendo de la capacidad para hacer durante años aquello que otros abandonan después de unos meses. Por eso, cuando se le pregunta cuál ha sido la mayor aportación del culturismo a su vida, no habla de fuerza física: habla de determinación, y lo hace con el entusiasmo de quien siente que aún le queda mucho por aprender y hacer en este deporte.

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