Hubo un tiempo en el que obtener el “carnet profesional” en el culturismo significaba haber alcanzado uno de los mayores reconocimientos den...
Hubo un tiempo en el que obtener el “carnet profesional” en el culturismo significaba haber alcanzado uno de los mayores reconocimientos dentro de este deporte. Era un reconocimiento reservado para atletas excepcionales, culturistas con años de sacrificio, victorias de prestigio y una trayectoria sólida sobre los escenarios más exigentes. Ser profesional no solo otorgaba un estatus; representaba pertenecer a una élite reducida y admirada dentro del culturismo mundial.
Sin embargo, esa percepción ha cambiado drásticamente en los últimos años. Hoy en día, el carnet profesional parece haberse convertido en un recurso masificado que muchas “federaciones” entregan con excesiva facilidad. En numerosos casos, ya no es necesario conquistar campeonatos de máximo nivel ni mantener una carrera deportiva verdaderamente destacada para acceder a él. Basta con obtener una clasificación en determinados eventos o competir dentro de circuitos cada vez más saturados de categorías y títulos para conseguirlo.
La consecuencia es evidente: el prestigio del estatus profesional se ha diluido. Lo que antes era una distinción excepcional, ahora se reparte casi como si fuese confeti. Cada vez resulta más frecuente ver atletas mediocres ostentando el título profesional sin haber demostrado un nivel realmente diferencial. Esto no solo perjudica la imagen del culturismo competitivo, sino también a aquellos profesionales que sí alcanzaron ese reconocimiento cuando las exigencias eran mucho mayores, situación que me recuerda a esos mismos atletas mediocres que aprovechándose de la buena fe y del desconocimiento del público en general, participan en certámenes de los que tradicionalmente organizan las asociaciones más antiguas y prestigiosas, caso de la NABBA o la WABBA, buscando únicamente publicitarse en las redes y sorprender a los vecinos de su pueblo, puesto que nadie los conoce y sus logros carecen de prestigio o relevancia alguna.
Además, las redes sociales han cambiado por completo la percepción del carnet profesional. Para muchos, ya no representa una meta deportiva basada en el mérito competitivo, sino una herramienta de marketing personal. El objetivo parece ser añadir el término “Pro” al perfil de Instagram, ganar seguidores o proyectar una imagen de éxito que, en ocasiones, no se corresponde con el verdadero nivel competitivo del atleta.
El problema no es únicamente que existan más profesionales, sino que ese estatus haya perdido gran parte de su significado. Cuando prácticamente cualquiera puede obtenerlo, deja de ser un símbolo de excelencia. Y cuando un reconocimiento deja de distinguir a los mejores, inevitablemente pierde el respeto y la admiración que alguna vez generó.
El culturismo necesita recuperar la seriedad y el rigor que hicieron del carnet profesional un auténtico privilegio. Porque si todo el mundo es profesional, entonces ser profesional ya no significa nada.
Por el Lic. Tomás ABEIGÓN, Presidente de AEHFA-NABBA España





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